Cuando la independencia catalana perdió el norte

Dentro de mi esquema mental no entra hoy la opción de la independencia de un territorio si este forma parte de un todo democrático. Simplemente me parece un contrasentido por innecesario y por ir en contra de la apuesta de futuro de nuestras sociedades.

En el caso que me toca muy de cerca, en el de la independencia catalana, incluso pasando por alto lo dicho más arriba, es decir, asumiendo un posible anhelo independentista en una sociedad moderna como la nuestra, las formas, procedimientos, actuaciones y fines llevados a cabo hasta la fecha por parte de las fuerzas políticas y civiles secesionistas, me hubiesen hecho renunciar, y sin ningún tipo de dudas, a sumarme en mi ansiada independencia a sus más que reprochables actividades. Y con esto no defiendo la posición del gobierno central, que detesto pero respeto, como demócrata que soy por más que alguien en su inmensa inconsciencia piense lo contrario.

Hoy, la situación ya es insostenible. Tenemos un President, que más allá de su legítima defensa del independentismo catalán, ha llegado al cargo señalado por un dedo, el de Puigdemont, que ya podría ser motivo suficiente para entrecomillar su elección. Pero esto no es nada si nos paramos un poquito a leer u oír sus explícitas manifestaciones sobre sus consideraciones políticas y sociales.

España se sitúa en un terreno absolutamente pantanoso y aborrecible al permitir situaciones tan dantescas como las que vivimos hoy día. 

Hemos vistos como algunas figuras, que aunque no manifiestamente independentistas, si que toleraban en exceso los abusos del independentismo catalán, se comienzan a pronunciar abiertamente sobre la figura del señor Torra. 

Espero que el pueblo llano independentista empiece a manifestarse en la misma línea y comprenda, de una vez por todas, que en democracia no todo vale.

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